Desde 1975, que yo sepa, estaban en la puerta dando la bienvenida a quien osaba entrar aunque no se las viese. Pese a recibir todos los mimos posibles estaban cansadas, pesadas (pesadísimas) y desde luego habían perdido todo su atractivo.
En alguna ocasión se les hicieron retoques, se las exfoliaron limpiando células muertas, se las había maquillado, antes verdes, después azules. Su sonido, como el de una carraca, anunciaba nuestra partida (al bajarse) o nuestra llegada (al subirse) Pero ya nada les devolvía la ligereza y su atractivo dejaba mucho que desear, así pues, han pasado a mejor vida y en su lugar se han puesto unas persianas de acero inoxidable, que brillan como un espejo y que en vez de ser subidas o bajadas, a golpe de dolor de espalda, se deslizan suavemente en un sentido u otro al pulsarles un botón y que suenan ¿suenan? ¡NO SUENAN!.
Descansen en paz las viejas persianas.